Invierno en Barcelona

En la calle se asienta el invierno.

Alguien toca una canción. Es una canción vieja, gastada. Como la pintura de los muros de la historia, que rezuman por las paredes de la muralla.

Los ancestros aguardan en los rincones de siempre. Aquellos lugares que antes estaban abiertos al pueblo. Los museos, los rincones donde hace poco caían nuestros abuelos, abuelas, nuestras madres y padres atravesados por balas salidas de los pactos de falsos dioses. Balas cargada de odio, de miedo e ignorancia.

Ahora, las murallas del Casco Antiguo son un hervidero de turistas, que caminan en filas, como hormigas, y se alimentan de los restos de lo que alguna vez fue la Barcelona de su gente. La que la amó… nacidos aquí, y allí. Aquellos que llenaban sus calles del calor que el da el contacto humano.
Los músicos son perseguidos.

La pobreza es castigada.

La humanidad está mal vista.

Jugar es primitivo…incívico.

El visitante cetrino y negro, acusado de terrorista. El pálido es bienvenido… el polvo mortal y el alcohol corriendo en las venas de la ciudad, lo acomoda para que gaste más, y más…

Hace mucho que abrió sus piernas al dedo de hierro… el mercado especulativo encontró su nueva concubina. Pese a su belleza, pese a su fuerza… es de las más baratas y menos valoradas de las que colecciona. Así es Babilonia: el conocimiento no se usa, se acumula.

Muchos ancianos fueron sacados de sus casas. Muchas familias tuvieron que volver por donde habían venido.

Barcelona era un campo fértil de experimentación, en el que el gesto más puro, la inspiración más auténtica, eran absorbidos sin remedio en la espiral sin fondo del consumismo extremo. La vida de las calles, fue regulada, dividida, y preescrita en porciones individuales.

“¿Crees que sentirás

real seguridad

con 3000 policias más

y cámaras…?”

En la calle se asienta el invierno.

La gente se sienta para escuchar. Alguien toca una canción, vieja y gastada, como la pintura de los muros de la historia, que rezuma por las paredes de la muralla.

Las mismas canciones en cada esquina. Caras diferentes repitiendo las mismas melodías. Pausadas. Dóciles. Clásicas.

Los mismos gestos de cortesía, las mismas caras de congratulación ante el orden sostenido por los mismos intereses: gente pausada, dócil, clásica.

En la calle se asienta el invierno. Los ancestros se preguntan cuando verán algo nuevo…

hace mucho que el ritmo Natural es perseguido y encerrado bajo llave. La gente se sienta para escuchar.

Estamos todos juntos…

…y el frío es invernal. La separación entre nosotros, casi infinita…

Solo unas notas, por unos segundos, nos hacen olvidar nuestras vidas normales. monótonas y vacías de sentido, en este, el fruto del sueño moderno de la antigua Babilonia.

Hace mucho que ya no se oyen ritmos nuevos. Hace mucho que nos sentamos con otros solo cuando alguien toca las mismas notas que alguien nos enseñó, y aun recordamos, repetidas mecánicamente hasta el último suspiro de nuestra existencia. Hace mucho que no disfrutamos del silencio…

En la calle se asienta el invierno. Los ancestros soplan en las orejas de los más despistados para recordarles que siguen ahí, que tras el frío cemente, en algún momento existió una tierra a la que escuchar, a la que sentir… a la que amar…
Alguien toca una canción, vieja y desgastada, como la puerta maciza que nos separa de nuestros sueños llenos de polvo, que siguen brillando a través del tiempo, reclamando su lugar Natural en el Cosmos:
Dejar de tocar las notas de siempre, por lealtad a la memoria. Por temor al error eterno. Por el olvido de la cobardía. Por amores del pasado…

Los ancestros siguen soplando detrás de las orejas de los despistados, animándoles a ocupar su lugar…

Solo algunos viajeros de la jungla, del desierto, llegan con su espíritu vivo y sobreviven al agujero negro de esta, la Gran ciudad. Si miras, podrás ver en las calles todos aquellos que se perdieron tiempo atrás, que se pierden ahora, sentados, entre nosotros.
En la calle se  asienta el invierno. Los ancestros soplan en las alas de aquellos que aun se atreven a amar la vida y a tocar sus propias notas. Si te sientas en las calles de la Gran ciudad y ves más allá de las luces cegadoras, verás lo que brilla en medio de la oscuridad…

Solo algunos te reconocerán. Solo algunos buscan aun…

seguramente, no lleven cámaras, pues no les enseñaran lo que hay de inmortal aquí;

seguramente, tampoco lleven bolsas, pues eso no puede ser comprado,

ni sonrían compulsivamente, ni hablen de lo que te gustaría escuchar, sino,

sencillamente,

de lo que conocen.

Un comentario en “Invierno en Barcelona

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