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Rueda redonda la vida
y el tiempo que abraza y separa
me hace volver otra vez
a lo que creía mañana.
Fósiles milenarios, ahora petróleo
reciclados como plástico del futuro….
Pero, ¿y quién reciclará la memoria del tiempo
y la tierra y sus rocas?
Dejar en herencia
una bolsa de 500 años de vida,
recordando a mis hijos
que soy, igual que ayer,
ciega,
torpe.
Y aunque sí,
aunque todos,
qué humana la pereza,
ese dejarnos arrastrar por la rueda.
Qué fácil es rodar
alrededor de un ombligo minúsculo
que solo entiende de bordes y ahoras, de prisas sin horas,
de todo para antes de ayer.
Vamos directo al pasado camino al futuro.
Rodar, que es un verbo bello,
deviene inercia, huella y camino.
Plaguicidas por encima de niveles permitidos en el agua del río que riega mis plantas,
nitrógeno y óxido rascando mi piel, limando pulmones, quemando los ojos de todas.
Me miro al espejo y el hámster que veo se pone a correr
y giro, en la rueda,
y giro,
más rápido y más yo giro.
Corriendo a ninguna parte,
rodando pendiente abajo hacia quién sabe dónde,
como si me persiguiera la nada
y tuviera que demostrar cuánto he conseguido, cuánto acumulado
a costa de acabar con todo.
El hámster que soy, mejillas repletas,
pela un plátano cortado a rodajas,
servido en bandeja de plástico.
La tira a un lado sin parar de correr.
Y más tarde, un cadáver envuelto me espera a comer,
arranco su vida sin darle las gracias, no queda tiempo
y sigo.
Y voy a beber,
y bebo en botella de plástico.
Y en este momento de verdades plásticas e ignorancia absoluta,
de pánico ante la pendiente que me devora en mi caída hacia el no pienso, pero existo…
un palo en la rueda se clava en el eje y rompe el destino.
A veces, en forma de alergia,
alergia a un químico que ignoraba había en el pan,
que vivía ya en mi pulmón, o en el estómago de un pez que ahora es mi pecho.
A veces forma un cáncer maligno que cómo iba a saber, si nadie me había dicho,
con lo poco acostumbrada que estoy a escuchar palabras que no sean “ombligo, rodar,
más rápido”
La rueda se para
…y qué vértigo.
Y después, qué calma.
Mi ombligo se abre y sus bordes se ensanchan y escupo las prisas que llenaban mi boca y
hacían de mis armas un mano de destrucción masiva.
Escucho y las rocas me hablan.
Se pone a llover y parece que algo cede.
Me alejo del centro y de su sombrero gris, que tapa la ciudad
Yo también soy eso. Esto es ya mi historia.
Miro mi rueda, ya rota.
Y entiendo que un palo pequeño,
que un pequeño palo,
es suficiente para detener un mundo entero
y dibujar en la tierra en qué elijo convertirme.
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